No te dije de la luna… (Cartas para que la alegría)
Arnaldo Calveyra, Cartas para que la alegría, 1959.
Arnaldo Calveyra, Cartas para que la alegría, 1959.
El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo. De todas las mariposas de alfalfa que nos siguieron desde Mansilla, la última se rezagó en Desvío Clé. Nos acompañamos ese trecho, ella con el volar y yo con la mirada. Venía con las alas de amarillo adiós, y, de tanto agitarse contra el aire, ya no alegraba una mariposa sino que una fuente ardía. Y corrió todavía con las alas de echar el resto: una mirada también ardiendo paralela al no puedo más en el costado de tren que siguió.
La gallina que me diste la compartí con Rosa, ella me dio budín. En tren es casi lo que andar en mancarrón.
Los que tocaban guitarra cuando me despedías vinieron alegres hasta Buenos Aires.
Casi a mediodía entró el guarda con paso de “aquí van a suceder cosas”, y hubo que ocultar a cuanta cotorra o pollo vivo inocente de Dios se estaba alimentando.
En el ferry fue tan lindo mirar el agua.
¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.
Arnaldo Calveyra, Cartas para que la alegría, 1959.
Franz Kafka, 1918.
Dicen que ha llegado la primavera, y yo sin saberlo
para averiguarlo, me acerco a los ciruelos de invierno
Ayer noche, el viento del Este irrumpió en Wuchang
Sauces dorados bordean el camino
inmensidad de aguas glaucas, nubes infinitas
Mi dama no viene, en vano me atormento
Esperándote, limpio una roca de la montaña verde
pensando en emborracharme contigo, día tras día.
*Wang: mandarín de Han Yang, amigo de Li Bai.
Li Bai
con una pistola en el puño sin tener dónde afeitarme
Héctor Viel Temperley, Legión Extranjera, 1978.
Suavemente como se apoya la flecha
en la cuerda del arco,
apoya en mi pecho
un pezón de tu pecho.
Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969
Señor, estoy cansado.
Que me hablen solamente
de lejos y con banderas,
como a barco apestado.
Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969
A las chicas de Flores
Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.
Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás –empavesadas como fragatas– van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos los que les pasan la vereda.
Buenos Aires, octubre, 1920
Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.
Su gris es más hermoso cuando viene tormenta.
De vuelta de nadar, más oscuro que el cielo
lo he visto entre los pastos, con resplandor de espada,
lavado por la luz o por mil marineros.
Si muriera esta tarde en la mitad del campo,
si hubiera que venderlo, me dolería el alma.
Yo, en cambio, si muriera, recibiría todo
lo mejor de esta tierra, oraciones y lágrimas.
Como hombre de mi tiempo yo le canto a esta máquina.
De vuelta de nadar, ya encima la tormenta,
la he visto en lo más alto de mis días felices.
Tiene ese gris oscuro de los buques de guerra.