Sunday, April 12, 2009

No te dije de la luna… (Cartas para que la alegría)

No te dije de la luna. La luna es lo más alto. Cuando la mirábamos, ¿por qué hacíamos retemblar el índice sobre el labio hasta provocar un beruberu de acompañarla? ¿Nos lo enseñaste tú o papá? ¿Y qué era su despabilarse en niño Jesús subido al burrito sobre esa lumbre de peligro? Dame esas noticias. Nos quedábamos hasta bien tarde en enero para mirar. Ahí la tengo en el patio ahora, es lo más alto. La dejé atada del pino, mi cometa plateada y mi compaña, y me entré luna arriba para que muchos niños.

Arnaldo Calveyra, Cartas para que la alegría, 1959.

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Tuesday, April 7, 2009

El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo… (Cartas para que la alegría)

El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo. De todas las mariposas de alfalfa que nos siguieron desde Mansilla, la última se rezagó en Desvío Clé. Nos acompañamos ese trecho, ella con el volar y yo con la mirada. Venía con las alas de amarillo adiós, y, de tanto agitarse contra el aire, ya no alegraba una mariposa sino que una fuente ardía. Y corrió todavía con las alas de echar el resto: una mirada también ardiendo paralela al no puedo más en el costado de tren que siguió.
La gallina que me diste la compartí con Rosa, ella me dio budín. En tren es casi lo que andar en mancarrón.
Los que tocaban guitarra cuando me despedías vinieron alegres hasta Buenos Aires.
Casi a mediodía entró el guarda con paso de “aquí van a suceder cosas”, y hubo que ocultar a cuanta cotorra o pollo vivo inocente de Dios se estaba alimentando.
En el ferry fue tan lindo mirar el agua.
¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.

Arnaldo Calveyra, Cartas para que la alegría, 1959.

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Friday, March 13, 2009

Sobre Prometeo…

  Sobre Prometeo existen cuatro leyendas. La primera dice que, por haber traicionado a los dioses para favorecer a los hombres, aquellos lo encadenaron a un peñasco en el Cáucaso y enviaron unas águilas para que le devoraran el hígado, que volvía a crecerle una y otra vez.
  Dice la segunda que Prometeo, queriendo eludir el dolor que le causaban los picotazos, se apretó cada vez más contra el peñasco hasta fundirse con él.
  Según la tercera, con el paso de los milenios su traición fue olvidada, los dioses lo olvidaron, las águilas también, y él mismo.
  Según la cuarta, todos se cansaron de aquella historia que ya carecía de fundamento. Los dioses se cansaron, las águilas también. La herida, cansada, se cerró.
  Quedó el peñasco inexplicable.

Franz Kafka, 1918.

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Wednesday, January 21, 2009

Poema enviado a Wang, de Han Yang*, al principio de la primavera


Dicen que ha llegado la primavera, y yo sin saberlo
para averiguarlo, me acerco a los ciruelos de invierno
Ayer noche, el viento del Este irrumpió en Wuchang
Sauces dorados bordean el camino
inmensidad de aguas glaucas, nubes infinitas
Mi dama no viene, en vano me atormento
Esperándote, limpio una roca de la montaña verde
pensando en emborracharme contigo, día tras día.

*Wang: mandarín de Han Yang, amigo de Li Bai.

Li Bai

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Tuesday, January 6, 2009

Ciencias naturales


El paraíso que ovula en mi puerta;
el tala que amontona bajo sus uñas crines del cogote,
cuerdas de la cola;
la rosa china, roja;
la luz del naranjo y el limonero, blanca y blanca;
el enamor de la magnolia cítrica
que se hizo de pura cepa al escarabajo
y no a la abeja que fue tardía;
la cica a la cual la profesora de ciencias naturales
nos incitó a meterle la mano bajo la pollera
y arrancarle los huevos peludos y anaranjados
lo que me llena de vergüenza y me impide meter
mi alma en su conífera;
el rosal que se regala siempre;
el higuerón, árbol de muerte constrictor, abrazo
que baja hasta la tierra como los huesos últimos;
todos los pinos, cedros, cipreses, llamas de velas
encendidas sobre las placas;
toda la naturaleza muerta
sobre una mesa un verano
que los hermanos pequeñitos
tiraban dados y masticaban las uvas, duraznos, bananas
y manzanas en un plato hondo de vidrio rugoso
antes de entrar en los sueños al mismo tiempo
que nosotros éramos como dios
nos traía al mundo.

José Odjigh

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Tuesday, November 11, 2008

Bajo las estrellas del invierno

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer -volaban los chimangos!-
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra 
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre…

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo…

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste…


En fin…
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece

Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida


En fin…
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin…
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba

con una pistola en el puño sin tener dónde afeitarme



Héctor Viel Temperley, Legión Extranjera, 1978.

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Tuesday, October 7, 2008

Suavemente como se apoya la flecha

Suavemente como se apoya la flecha

en la cuerda del arco,

apoya en mi pecho

un pezón de tu pecho.

Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969

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Señor, estoy cansado

Señor, estoy cansado.
Que me hablen solamente
de lejos y con banderas,
como a barco apestado.

Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969

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Wednesday, September 3, 2008

Exvoto

                                                                                                                                                             A las chicas de Flores

Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.

Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás –empavesadas como fragatas– van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.

Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos los que les pasan la vereda.

Buenos Aires, octubre, 1920

Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.

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Saturday, April 19, 2008

Mi caballo es oscuro

Voy, ángel de mi tiempo, a más de cientro treinta,
camino a un monasterio o a un lugar en la tierra.
para ir hacia la muerte, derecho y detonante,
mi caballo es ocuro como buque de guerra.

Su gris es más hermoso cuando viene tormenta.
De vuelta de nadar, más oscuro que el cielo
lo he visto entre los pastos, con resplandor de espada,
lavado por la luz o por mil marineros.

Si muriera esta tarde en la mitad del campo,
si hubiera que venderlo, me dolería el alma.
Yo, en cambio, si muriera, recibiría todo
lo mejor de esta tierra, oraciones y lágrimas.

Como hombre de mi tiempo yo le canto a esta máquina.
De vuelta de nadar, ya encima la tormenta,
la he visto en lo más alto de mis días felices.
Tiene ese gris oscuro de los buques de guerra.

Héctor Viel Temperley, El Nadador, 1967

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