Wednesday, May 31, 2006

El señalero

¡María Auxiliadora!

-repetía el señalero-

estoy lleno de vino.

¿Ese punto

ese hocico negro

que viene hacia mí

es el expreso

o es mi padre

borracho como

una cuba

para incendiar

el rancho otra vez

llevándose de las

crenchas a la

puta de Ramira

dejándome a mí

muerto como una

gallina la cabeza

colgando al

costado de las plumas

chorreando vino

como ahora.

María Auxiliadora

¿viene el tren

o es papá?

 

Alberto Muñoz, Trenes, 2004.

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Tuesday, May 30, 2006

Eróstrato - incendiario

La ciudad de Éfeso, donde nació Eróstrato, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panorme, desde donde se veía, sobre el mar de abundantes colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y tejidos, de lanas y rosas, desde que los magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban venablos, fueron vendidos a orillas del Meandro, desde que la magnífica Mileto fue arruinada por los persas. Era una ciudad de molicie, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios llevaban túnicas amórginas, transparentes, telas de lino hilado al torno de colores violeta, púrpura y cocodrilo, sarápides color amarillo manzana y blancas y rosas, paños de Egipto color jacinto, con los fulgores del fuego y los matices móviles del mar, y calasiris de Persia, de tejido apretado, ligero, todos ellos tachonados en su fondo escarlata de granos de oro en forma de copelas.

Entre la montaña de Prión y un alto y escarpado acantilado se divisaba, a orillas del Caistro, el gran templo de Ártemis. Se habían precisado ciento veinte años para construirlo. Envaradas pinturas ornaban sus salas interiores, cuyo techo era de ébano y ciprés. Las pesadas columnas que lo sostenían fueron embadurnadas de minio. Pequeña y oval era la sala de la diosa, en cuyo centro se alzaba una prodigiosa piedra negra, cónica y reluciente, marcada por doraduras lunares, que no era otra que Ártemis. El altar triangular también estaba tallado en piedra negra. En otras mesas, hechas de losas negras, se habían perforado agujeros regulares para que por ellos fluyera la sangre de las víctimas. De las paredes colgaban anchas hojas de acero, con mangos de oro, que servían para abrir las gargantas, y el suelo pulido estaba tapizado de cintas ensangrentadas. La gran piedra oscura tenía dos tetas enérgicas y picudas. Así era la Ártemis de Éfeso. Su divinidad se perdía en la noche de las tumbas egipcias, y había que adorarla según los ritos persas. Poseía un tesoro encerrado en una especie de colmena pintada de verde, cuya puerta piramidal se hallaba erizada de clavos de bronce. Allí, entre anillos, grandes monedas y rubíes yacía el manuscrito de Heráclito, quien había proclamado el reinado del fuego. El propio filósofo lo había depositado allí, en la base de la pirámide, cuando la construían.

La madre de Eróstrato era violenta y orgullosa. No se supo quién era su padre. Más tarde Eróstrato declaró que era hijo del fuego. Su cuerpo estaba marcado, bajo la tetilla izquierda, con una media luna que pareció encenderse cuando lo torturaron. Las que asistieron su nacimiento predijeron que estaba sometido a Ártemis. Fue colérico y permaneció virgen. Corroían su rostro unas líneas oscuras y el tinte de su piel era negruzco. Desde su infancia le gustó quedarse bajo el alto acantilado, cerca del Artemision. Miraba pasar las procesiones de ofrendas. Por el desconocimiento en que estaban de su estirpe, no pudo ser sacerdote de la diosa a la que se creía consagrado. El colegio sacerdotal hubo de prohibirle varias veces la entrada a la naos, donde esperaba apartar el precioso y pesado tejido que ocultaba a Ártemis. Por eso concibió odio y juró violar el secreto.

El nombre de Eróstrato no le parecía comparable a ningún otro, lo mismo que su propia persona le parecía superior a toda la humanidad. Deseaba la gloria. Primero se unió a los filósofos que enseñaban la doctrina de Heráclito; pero desconocían su parte secreta, por hallarse encerrada en la celdilla piramidal del tesoro de Ártemis. Eróstrato sólo pudo conjeturar la opinión del maestro. Se endureció despreciando las riquezas que le rodeaban. Su asco hacia el amor de las cortesanas era extremo. Creyeron que reservaba su virginidad para la diosa. Pero Ártemis no tuvo piedad de él. Pareció peligroso al colegio de la Gerusia, que vigilaba el templo. El sátrapa permitió que lo desterraran a los suburbios. Vivió en la ladera del Koressos, en una gruta excavada por los antiguos. Desde allí acechaba de noche las lámparas sagradas del Artemision. Algunos suponen que persas iniciados acudieron a conversar allí con él. Pero es más probable que su destino le fuera revelado de golpe.

En efecto, en medio de la tortura confesó que había comprendido de repente el sentido de la frase de Heráclito -el camino de lo alto-, porque el filósofo había enseñado que la mejor alma es la más seca y la más enardecida. Atestiguó que, en este sentido, su alma era la más perfecta, y que había querido proclamarlo. No alegó más causa a su acción que la pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre. Dijo que sólo su reino habría sido absoluto, puesto que no se le conocía padre y que Eróstrato habría sido coronado por Eróstrato, que era hijo de sus obras, y que su obra era la esencia del mundo; que así habría sido juntamente rey, filósofo y dios, único entre los hombres.

El año 365, en la noche del 21 de julio, cuando no subió al cielo la luna y el deseo de Eróstrato adquirió una fuerza inusitada, decidió violar la cámara secreta de Ártemis. Se deslizó pues por el zigzag de la montaña hasta la ribera del Caistro y subió las gradas del templo. Los guardas de los sacerdotes dormían junto a las lámparas sagradas. Eróstrato cogió una y penetró en la naos.

Un fuerte olor a aceite de nardo la invadía. Las negras aristas del techo de ébano estaban resplandecientes. El óvalo de la cámara se hallaba dividido por la cortina tejida de hilo de oro y púrpura que ocultaba a la diosa. Su lámpara iluminó el terrible cono de tetas erectas. Eróstrato las agarró con ambas manos y besó con avidez la piedra divina. Luego dio una vuelta alrededor, y vio de pronto la pirámide verde donde estaba el tesoro. Agarró los clavos de bronce de la puertecilla, y la arrancó. Hundió sus dedos entre las joyas vírgenes. Pero sólo se apoderó del rollo de papiro donde Heráclito había inscrito sus versos. A la luz de la lámpara sagrada los leyó, y conoció todo.

Al punto exclamó: “¡Fuego, fuego!”

Tiró de la cortina de Ártemis y acercó la mecha encendida al paño inferior. La tela ardió al principio despacio; luego, por los vapores de aceite perfumado que la impregnaban, la llama subió, azulada, hacia los artesonados de ébano. El terrible cono reflejó el incendio.

El fuego se enroscó en los capiteles de las columnas, reptó a lo largo de las bóvedas. Una tras otra, las placas de oro consagradas a la poderosa Ártemis cayeron desde las suspensiones a las losas con un estruendo de metal. Luego el haz fulgurante estalló en el techo e iluminó el acantilado. Las tejas de bronce se desplomaron. Eróstrato se erguía en medio del resplandor, clamando su nombre en la oscuridad.

Todo el Artemision fue un montón rojo en el corazón de las tinieblas. Los guardias cogieron al criminal. Lo amordazaron para que dejara de gritar su propio nombre. Fue arrojado en los sótanos, atado, durante el incendio.

Artajerjes envió inmediatamente la orden de torturarlo. No quiso confesar otra cosa que lo que se ha dicho. Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, entregar el nombre de Eróstrato a las edades futuras. La noche en que Eróstrato incendió el templo de Éfeso vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia.

Marcel Schwob, Vies Imaginaires, 1896.

 

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Carta del combatiente

Ver arder la turba es como ver arder la tierra.
No hay carbón que de menos calor que la turba,
me lo recordó un  hombre del interior
y no lo olvidé desde entonces.
 
stecht tiefer die Spaten ihr einen ihr andern spielt weiter zum Tanz auf*
 
Traigo la foto y la carta conmigo
pero por el diluvio, sabrás entender que mientras cavaba
-la pala Lineman contra esta tierra tan negra-
se echaron a perder.
 
stecht tiefer die Spaten ihr einen ihr andern spielt weiter zum Tanz auf
 
No hay luz: nos está prohibido
mirarnos en los charcos.
Ojalá tuviera, aunque fuera, un rosario
de hueso, de esos que brillan en la oscuridad 

para iluminar con él Tu cara.

 

José Odjigh

 

 

 

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Saturday, May 27, 2006

El aguaribay florecido

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
En la sombra exhalada -¿de qué su dulce hálito?-
los vestidos ligeros, muy ligeros, con pintas.
   
Arde de abejas el aguaribay, arde.
  
Ríen los ojos, los labios, hacia las islas azules
a través de la cortina
de los racimos
pálidos.
  
Ríen los ojos, los labios. ¿Veis las muchachas o es
la tenue sombra ebria
y bordoneada
que se alucina de muselinas claras
y de otras flores vivas –extrañas flores vivas-
riendo, riendo, riendo hacia las islas?
      
Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.  
    

Arde de abejas el aguaribay, arde.

 

Juan L. Ortiz, La mano infinita, 1951.

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Friday, May 26, 2006

Inmenso y rojo

Inmenso y rojo

Por el Grand Palais

El sol de invierno aparece

Y desaparece

Así también mi corazón desaparecerá

Y toda mi sangre irá

Irá a buscarte

Amor mío

Mi vida

Y te hallará

Donde estés.

 

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Thursday, May 25, 2006

Periandro, el corintio

  1. Sé solícito en todo.
  2. Bella cosa es la tranquilidad.
  3. Muy peligrosa la precipitación.
  4. Vergonzoso el lucro.
  5. Acusación pública contra la naturaleza.
  6. Democracia es mejor que tiranía.
  7. Los placeres son cosa mortal; las virtudes, por el contrario, son inmortales.
  8. En la próspera fortuna sé medido; en la adversa, sensato.
  9. Mejor es morir como pobre que vivir como miserable.
  10. Hazte digno de tus padres.
  11. Que se te alabe en vida, que se te beatifique en muerte.
  12. Sé siempre el mismo para tus amigos, estén en próspera o en adversa fortuna.
  13. Cumple lo que voluntariamente prometiste, que es de perversos faltar a la palabra.
  14. No digas en público lo que se dijo en secreto.
  15. Reprende como si hubieras de ser inmediatamente amigo.
  16. En cuestión de leyes prefiere las viejas; en la de manjares, los recientes.
  17. Responde no sólo a los que están faltando, sino también a los que están a punto de hacerlo.
  18. Oculta tus desventuras para que no se alegren tus enemigos.
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Bías, el prieneo

  1. Los más de los hombres son malos.
  2. Si, al mirarte al espejo, te apareces bello, debes procurar que tus acciones sean bellas; si te apareces feo, con una bondad bella-de-ver has de enderezar lo que de belleza natural te falta.
  3. Pon manos a la obra con lentitud, pero, una vez comenzada, sé constante.
  4. Odia el hablar ligeramente, no sea que faltes y tengas por consecuencia que arrepentirte.
  5. No seas ni de natural bonachón ni de natural malicioso.
  6. No soportes la insensatez.
  7. Ama la sensatez.
  8. Habla de los dioses como son.
  9. Reflexiona sobre lo hecho.
  10. Escucha mucho.
  11. Habla a su tiempo.
  12. Si eres pobre no te metas a reprender a los ricos, a no ser que la reprensión te resulte muy provechosa.
  13. Al varón indigno no hay que alabarlo ni por sus riquezas.
  14. Toma lo que te den a las buenas, no a las malas.
  15. Si haces algo bueno atribúyelo a los dioses, no a ti mismo.
  16. El tesoro de la juventud es la actividad bella; el de la vejez, la sabiduría.
  17. Obtendrás: con ejercicio, memoria; con oportunidad, prevención; con modales, nobleza; con trabajos, continencia; con silencio, decoro; con sentencias, justicia; con audacia, valentía; con empresas, poder; con fama, dominio.
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Por curado

Ni el mimbre de plata de los peces
ni los bronquíolos marrones quedan en el cauce vacío. Se va
el río hacia arriba y junto a él
la herida entera,
el coágulo de lo cambiante en reposo, lo aparente.¿Cicatriz? ¿cicatriz y piedra? El Tártaro
sabe del tálamo que las desapariciones de las rocas
encienden, sobre los cuerpos sólo hay expulsión;
ni vestigio del cascarón, ni de la astilla, ni del hilo.
Por curado hebra de serpiente deja el río.

José Odjigh

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Los ríos

Oh Tiresias, tough blind, throbbing between two lives…

Contemplamos la desnudez divina y nos fue cedida la mirada
entorno a estos templos en los que antaño
el agua, la lira de manantial, se abría del verticilo y germinal
nos tarareaba una partitura en los sedales.
Contemplamos las giganteas con sus vientres de ceniza, la lágrima
de la mirra, el fémur como mástil del laúd.
Sin embargo los ríos por los que juraban los dioses están lejos.
No los oye la druida,
no los oye papá,
no los oye aquel poeta que se llevó en la barca la tierra alazana, el viento silbando
entre los palmares, los cauces y el reverbero.
Oh semillas, albúmina gilva ¿Ya no son ovillo acaso los tímpanos entre la flauta de Hermes y la pampa?

 

José Odjigh 

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Después de veinte años

Cuando yo tenía catorce años,
me hacían trabajar hasta muy tarde.
Cuando llegaba a casa, me cogía
la cabeza mi madre entre sus manos.

Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra
y los gritos de mis camaradas en el soto
y las hogueras en la noche
y todas las cosas que dan salud y amistad
y hacen crecer el corazón.

A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.

Yo salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse con el frío.

Esto no es justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos
y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.

Entraba en el trabajo.
La oficina
olía mal y daba pena.
Luego,
llegaban las mujeres.
Se ponían
a fregar en silencio.

Veinte años.
He sido
escarnecido y olvidado.
Ya no comprendo la noche
ni el canto de los muchachos sobre las praderas.
Y, sin embargo, sé
que algo más grande y más real que yo
hay en mí, va en mis huesos:

Tierra incansable,
firma
la paz que sabes.
Danos
nuestra existencia a
nosotros
mismos.

Antonio Gamoneda, Blues castellano (1982).

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