Tuesday, June 27, 2006

El amor

I

De pronto sales tú con tu llama y tu voz,
y eres blanca y flexible, y estás ahí mirándome,
y te quiero apartar y estás ahí mirándome,
y somos inocentes, y la azucena roja
me besa con tus labios, y es invierno, y estoy
en un puerto contigo, y es de noche.
Y no hay sábana donde dormir, y no hay, y no hay
sol en ninguna parte, y no hay estrella alguna
que arrancar a los cielos, y perdidos
no sabemos qué pasa, por qué la desnudez
nos devora, por qué la tempestad
llora como una loca, aunque nadie la escucha.
Y ahora, justo ahora que eres clara -permite-,
que te deseo, que me seduce tu voz
con su filtro profundo, permíteme juntar
mi beso con tu beso, permíteme tocarte
como el sol, y morirme.
Tocarte, unirte al día que soy, arrebatarte
hasta los altos cielos del amor, a esas cumbres
donde un día fui rey, llevarte al viento libre de la aurora,
volar, volar diez mil, diez mil años contigo,
solamente un minuto, pero seguir volando.
 
II

Son las cuatro, y la Muerte –esta casa es la muerte-
ya sube por mis venas, la asfixia
golpea a mi ventana. Es la hora. Aquí estoy
esperándote en pie. Yo soy el caballero
que buscas. No vaciles. Es mi hora.

No tiemblo, aquí me tienes, pero dame un minuto
de gracia, déjame
que la aurora le lleve mi beso y, con mi beso,
una espina de sangre a su boca, el color
de mi alma a su hermosura
para que se alimente de mí, y esto que soy
purifique sus labios más que el carbón ardiendo
y por sus labios salgan mis llamas cada día.

Mírala. Es cosa frágil pero yo la elegí
entre todas las hijas de mujer, como Dios
a su estrella más pura, para que arda en el viento
de mi gran desamparo. No parece dormir.
Ni respirar apenas. Ni estar triste.

Son las cuatro. Es la hora. Dile, oh Muerte, mi adiós.
Es la que amo: mi espiga delgada y olorosa.
Su pelo negro crece como un árbol. El mar
abre una playa entre sus pechos. Mira
lo que pasa debajo de sus ojos: el tren
la lleva por un bosque veloz. Está llorando,
porque no voy con ella.

Son las cuatro, mi Muerte. Sácame de esto ya,
sube a mi corazón. Estoy contento
de entrar a ti, de pie, como conquistador
al mar desconocido.
 
III

Mujer: crecemos, nos desesperamos creciendo,
oscuros, sin infancia, cada vez, más oscuros,
hacia el único origen inminente
donde renaceremos, donde tú
renacerás para mí sólo.

Para mí, para nadie
más que para mis besos, para mis treinta bocas,
para mi torbellino donde aprendiste un día
a caer velozmente como una estrella errante:
mujer, estrella mía, velozmente.

No me obstino en tocarte por sólo enardecerte.
Tengo experiencia: te amo.
Tengo violencia: te amo todavía más hondo,
todavía más lejos que todos los delirios
y, como ellos, te cobro posesión implacable.

Oh flor única: nadie
vio con tu naturaleza la libertad del día
como yo vi. Ninguno
te supo descifrar, apacible corola,
maternidad profunda.

Madre del hombre, madre de los sueños del hombre,
poseída, preñada por el furor del hombre,
por la inocencia, por el desamparo
del hombre.

Mujer, el tiempo pasa. Yo soy hombre. Tú
eres una mujer, La poesía
es nuestra sangre. Todo
lo que pueda decirse de nosotros es eso,
y algo más que es inútil
repetirlo.
 
IV

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.
Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.
Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Gonzalo Rojas

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Monday, June 26, 2006

Una partida de ajedrez

La silla en que estaba sentada, como un bruñido trono,
se reflejaba en el mármol, donde el espejo
de soportes labrados con pámpanos y racimos
entre los cuales un Cupido dorado se asomaba
(otro ocultaba sus ojos bajo el ala)
copiaba las llamas de los candelabros de siete brazos
que arrojaban su luz sobre la mesa mientras
el brillo de sus joyas, desbordando profusamente
de los estuches de raso, subió a su encuentro.
En redomas de marfil y cristal policromo,
destapadas, acechaban sus raros perfumes sintéticos,
ungüentos, en polvo o líquidos -turbando, confundiendo
y ahogando los sentidos en olor; agitados por el aire
fresco que soplaba de la ventana, ascendían,
alimentando las alargadas llamas de las velas,
proyectando sus humos sobre los laquearios,
animando los diseños del artesonado techo.
Enormes leños arrojados por el mar, patinados de cobre,
ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra policroma,
y en su luz mortecina nadaba un delfín tallado.
Sobre la repisa de la chimenea -ventana abierta
a una escena silvestre- estaba representada
la Metamorfosis de Filomela, tan rudamente forzada
por el bárbaro rey; pero aún allí el ruiseñor
llenaba todo el desierto con inviolable voz
y todavía ella lloraba, y aún el mundo persigue
“Tiu Tiu” a oídos sucios.
Y otros tocones marchitos de tiempo
se alzaban en los muros, donde figuras de ojo abiertos
se inclinaban, imponiendo silencio a la estancia.
Se oyeron pasos en a escalera.
Al resplandor del fuego, bajo el cepillo, sus cabellos
se cruzaron en puntos ígneos,
brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente.

“Estoy nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué nunca hablas ? Habla.
¿Enqué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé en qué piensas: Piensas.”

Creo que nos hallamos en la calleja de las ratas
donde los muertos perdieron sus huesos.
“¿Qué ruido es ese?”
El viento bajo la puerta.
“¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?”
Nada, como siempre. Nada.
“¿No
sabes nada? ¿Noves nada? ¿No
te acuerdas
de nada?”
Recuerdo
que esas perlas fueron sus ojos.
¿Estás viva o no ? ¿No hay nada en tu cabeza?
Pero
O O O O ese aire Shakespeaheriano:
es tan elegante
tan inteligente.

¿Qué haré ahora ? ¿Qué haré?
¿Salir tal como estoy y andar por la calle
así sin peinar? ¿Qué haremos mañana?
¿Qué haremos sietnpre?’
Agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando nuestros ojos sin párpados, esperando que
llamen a la puerta.

Cuando licenciaron al marido de Lil, yo dije
y no pesé mis palabras, lo dije sin ambages,
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Ahora Alberto va a regresar, procura lucir mejor.
Él querrá saber qué hiciste con el dinero que te dio
para arreglarte los dientes. Te lo dio, yo estaba allí:
que te los extraigan todos, Lil, y que te pongan una buena dentadura,
dijo él , juro que no puedo soportar mirarte.
Y yo tampoco, dije yo; piensa en el pobre Alberto,
que ha estado en el ejército durante cuatro años, quiere divertirse,
y si no lo hace contigo, ya encontrara otras, dije yo.
Entonces ya sé a quién agradecérselo, dijo ella, mirándome fijamente.
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Si esto no te gusta, lo mismo da, dije yo.
Otras se aprovecharán si tú no puedes.
Pero si Alberto se marcha, no podrás decir que no te han avisado.
Deberías avergonzarte, dije, de parecer tan vieja
(y no tiene más que treinta y un años)
no es culpa mía, dijo, poniendo cara triste.
Son esas pildoras que tomé para abortar, dijo.
(Ha tenido cinco ya, y casi se muere en el parto de Jorge.)
El boticario me dijo que no sería nada, pero nunca he vuelto a ser la misma.
Eres una tonta de capirote, dije yo.
Bueno, si Alberto no te suelta, no puedes quejarte, dije.
Por qué te casaste si no te gustan los niños?

DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Bueno, aquel domingo Alberto estaba en casa, tenían jamón,
me invitaron a cenar para que saboreara el jamón caliente.
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Buenas noches, Bill. Buenas noches, Lou. Buenas noches,
May. Buenas noches.
Adiós, adiós. Buenas noches. Buenas noches.
Buenas noches, señoras, buenas noches, adorables señoras,
buenas noches, buenas noches.

t. s. eliot, The Waste Land, 1922.

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Sunday, June 25, 2006

Carmen 70

Ella dice que sólo me desea a mí
y que ni un astro lograría conquistarla.
Convengamos: lo que una mujer
le susurra a un amante apasionado
son inscripciones en el viento
que fatalmente naufragan
en las aguas del olvido.

Catulo

traducción Matía Mercuri & javier Cófreces

versión en idioma original: http://rudy.negenborn.net/catullus/text2/l70.htm

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Saturday, June 24, 2006

Carmen 75

Estoy tan confundido

por tu culpa, Lesbia

que perdí la sensatez

y aunque cambiaras

ya no volvería a respetarte.

Aunque nunca podría dejar de amarte

a pesar de que me decepciones día a día.

 

Catulo

traducción Matías Mercuri & Javier Cófreces.

Carmen 75 en idioma original: http://rudy.negenborn.net/catullus/text2/l75.htm

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Saturday, June 17, 2006

Amelia

A mi madre, experta en belleza.
No haber nacido doctor como nacían en tu razón los hijos, haber preferido el campo a tu debido campo de alazanes y mantas, oír mejor el crujido de los muelles que la madera hablada del violín.
Tu pequeño estado de la gracia ha derivado en las locas amadas, ¡oh, madre!
Ahora que estás en el frío reinado de las momias, necesito entrar por un vendaje a un filo de tu amada cabeza y pedir otra vez que digas a los carros que he nacido, que sepa la luna de los campos de Tres Lomas que mido un metro sesenta y cuatro y que llevo las cejas de quien te amó.
¡Oh, madre!, ¿te acuerdas de mí? Soy el de barba.
 
 
Alberto Muñoz, Camiones, 2001.
 
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Friday, June 16, 2006

Oh braceo…

Oh, braceo para espantar los zánganos!
porque parte del río inasible
es la aparición de herrumbre en los órganos
Braceo para espantar los zánganos!

Estoy encanecido y mi piel
roja reseca no tiene quien la humedezca,
antaño una muchachita de la provincia
lo hacía por todos: ella no era como ustedes.
Y gratificado estoy
de, alguna vez, haber tenido
una mujer que supiera llegar tan bien
a las glándulas.

Oh, braceo para espantar los zánganos!
donde antaño había marfil
hoy hay pliegues engendrando pestes
Braceo para espantar los zánganos!

Los viejos somos inútiles
si no tenemos una manada de focas.
Alguna vez braceé -¿fue un sueño?- bajo el sol del amanecer
en el Ponto espantando las negras aguas;
el sol me enjugaba tendido en sus costas blancas.
Ahora sólo braceo para que no me ahuequen,
                  y sólo mis uñas
resplandecen tras la noche.

Oh, braceo para espantar los zánganos!
envidiable mármol, siempre a diez grados
menos que el aire que te circunda
Braceo para espantar los zánganos!

Nadie me limpia esta fiebre roja
¿Muchacha de la breña,
no te crecieron las canas,
tus uñas no crecen sorteado el meandro?

Gratificado estoy
(Oh feminae libera me!)
de haber recibido sin importarme el marasmo,
tu medicina.

 

José Odjigh

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Wednesday, June 14, 2006

Haiku

1
Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

2
La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

5
Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.

7
Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.

10
El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

11
Ésta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.

12
Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.

13
Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.

14
¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

17
La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.

Jorge Luis Borges, La Cifra, 1981.

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Alabanza de Isolda

En vano he intentado

                   enseñar a mi alma a doblegarse;

en vano le repito:

“Muchos cantores hay más grandes que tú.”

 

Pero viene su respuesta, como vientos y sonidos de laúd,

como vago llamado en la noche

que no me deja descansar, diciendo siempre,

                  “Canto, un canto.”

 

Sus ecos se entrelazan en el crepúsculo

buscando siempre un canto,

y he aquí que estoy gastado y fatigado

y el vagar por tantos caminos ha hecho que mis ojos sean

como rojos círculos oscuros llenos de polvo.

Y sin embargo tiemblo en el crepúsculo,

y palabritas elfos rojos gritando: “Un canto,”,

palabritas elfos grises exigiendo un canto,

palabritas hojas cafés gritando: “Un canto”,

palabritas hojas verdes pidiendo un canto.

Las palabras son como hojas, viejas hojas oscuras

         en primavera

llevadas por el viento, sin saber a dónde, buscando un canto.

 

Palabras blancas como copos de nieve pero son frías.

Palabras musgo, palabras labios, palabras corrientes lentas.

 

En vano he intentado

                  enseñar a mi alma a doblegarse,

en vano le he insistido:

                   “Hay almas más grandes que tú.”

 

Porque en la mañana de mis años vino una mujer

llamando como luz de Luna,

como llama la Luna a la marea,

                     “Canto, un canto.”

 

Por lo cual le hice una canción, y me dejó

como al mar deja la Luna

pero seguían viniendo las palabras hojas, palabritas elfos cafés

diciendo: “El alma nos envía.”

                       “Canto, un canto!”

Y en vano les gritaba: “Ya no tengo canción

porque aquella que cantaba me ha dejado.”

 

Pero mandó mi alma una mujer, una mujer de extraña maravilla,

una mujer como fuego sobre bosques de pinos

                  gritando siempre: “Canto, un canto.”

Como llama el fuego a la savia.

Mi canto se incendió con ella, y me dejó

como al rescoldo abandona la llama así fue en busca

          de bosques nuevos

y las palabras estaban conmigo

                  gritando siempre: “Canto, un canto.”

 

Y yo: “No tengo canto”,

hasta que mi alma envió una mujer como el sol:

sí, como el sol llama a las semillas,

como la primavera sobre las ramas

así es la que viene, la madre de los cantos,

la que tiene en los ojos palabras de maravilla

las palabras, palabritas elfos

                   que me llaman siempre,

                    “Canto, un canto.”

 

En vano he luchado con mi alma

                 para enseñarle a doblegarse.

Qué alma se doblega

                   cuando te tiene en su corazón?

 

Ezra Pound, Personae, 1908-1910


versión de Isabel Fraire

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Tuesday, June 13, 2006

Relato del goliardo

   Yo, pobre goliardo, clérigo miserable errabundo por los bosques y los caminos para mendigar, en nombre de Nuestro Señor, mi pan cotidiano, vi un espectáculo piadoso, y oí las palabras de los niñitos. Sé que mi vida no es muy santa, y que he cedido a las tentaciones bajo los tilos del camino. Los hermanos que me dan vino bien se dan cuenta de que estoy poco acostumbrado a beber. Pero no pertenezco a la secta de los que mutilan. Hay mentecatos que les sacan los ojos a los pequeñuelos, les cortan las piernas y les atan las manos, con el objeto de exhibirlos e implorar la caridad. He aquí por qué tengo miedo al ver todos estos niños. Sin duda, los defenderá Nuestro Señor. Hablo al acaso, porque estoy lleno de alegría. Río de la primavera y de lo que vi. No es muy fuerte mi espíritu. Recibí la tonsura de clérigo a la edad de diez años, y he olvidado las palabras latinas. Soy semejante a la langosta: porque salto, aquí y allá, y zumbo, y a veces abro las alas de color, y mi cabeza menuda está transparente y vacía. Dicen que San Juan se alimentaba de langosta en el desierto. Sería necesario comer muchas. Pero San Juan de ningún modo era un hombre como nosotros.

   Estoy lleno de adoración por San Juan, porque era vagabundo y decía palabras incoherentes. Me parece que debieron ser más suaves. Este año, también es suave la primavera. Nunca tuvo tantas flores pálidas y rosadas. Las praderas están lavadas recientemente. Por todas partes resplandece la sangre de Nuestro Señor en los setos. Nuestro Señor Jesús es color de azucena, pero su sangre es bermeja. ¿Por qué? No lo sé. Esto debe estar en algún pergamino. Si yo hubiese sido experto en letras, tendría pergamino y escribiría en él. De este modo comería muy bien todas las noches. Iría a los conventos a rogar por los hermanos muertos e inscribiría sus nombres en mi rollo. Transportaría mi rollo de los muertos, de una abadía a la otra. Es una cosa que agrada a nuestros hermanos. Pero ignoro los nombres de nuestros hermanos muertos. Puede ser que Nuestro Señor tampoco se cuide mucho de saberlos. Me pareció que todos estos niños no tenían nombres. Es seguro que los prefiere nuestro Señor Jesús. Llenaban el camino como un enjambre de abejas blancas. No sé de dónde venían. Eran pequeños pelegrinos. Tenían bordones de avellano y de álamo. llevaban la cruz a la espalda; y todas estas cruces eran de innumerables colores. Las vi verdes, que debieron de estar hechas con hojas cosidas. Son niños salvajes e ignorantes. Vagan no sé hacia dónde. Tienen fe en Jersualén. Pienso que Jerusalén está lejos, y que Nuestro Señor debe estar más cerca de nosotros. No llegarán a Jerusalén. Pero Jerusalén llegará a ellos. Como a mí. El fin de todas las cosas santas radica en la alegría. Nuestro Señor esta aquí, en esta espina enrojecida, y en mi boca, y en mi pobre palabra. Porque pienso en él y su sepulcro está en mi pensamiento. Amén. Me acostaré aquí bajo el sol. Es un sitio santo. Los pies de Nuestro Señor santificaron todos los lugares. Dormiré. Que Jesús haga dormir en la noche a todos estos niñitos blancos que llevan la cruz. En verdad, yo se lo digo. Tengo mucho sueño. Yo se lo digo, en verdad, porque tal vez él no los ha visto, y debe velar por los niñitos. La hora del mediodía pesa sobre mí. Todas las cosas son blancas. Así sea. Amén.

 Marcel Schwob, La croisades des enfants.

 

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Saturday, June 10, 2006

La Fraisne

Era concejal escuálido, grave
sabio en todas las cosas y muy viejo,
mas deseché locura tal y el frío
que en la vejez se porta como manto.

Era bien fuerte, al menos lo decían,
durante la esgrima jóvenes hombres;
mas deseché locura tal y gozo
en otra moda que mejor me sienta.

Me encrespé entre la arcilla de los fresnos,
oculté mi figura donde el roble
en mí derramó sus hojas y el yugo
arrojé de los hábitos antiguos.

En el quieto estanque de Mar-nan-otha
hallé una novia
que fue cornejo.
Me emplazó por mis hábitos antiguos,
calmó mi rencor concejil,
pidiéndome sólo encomiar

al viento que tiembla sobre las hojas.

Me sacó de mis hábitos antiguos,
y tanto que me dicen loco,
y me alegra, como vi la congoja,
sé que son locura el lloro y la pena.
Yo? Deseché el dolor y la locura.
Envolví lágrimas en hoja de olmo
y las puse bajo una piedra,
y hoy me dicen loco porque arrojé
de mí la locura, la deseché
para abandonar hábitos estériles,
porque mi novia
es un estanque del bosque,
y aunque dicen que estoy loco,
estoy alegre,
muy alegre,
                    porque mi novia gran amor me tiene,
más dulce que el amor de las mujeres
que infesta, devora, compulsa.

Aie-e! En verdad estoy gozoso,
muy gozoso al tenerla sola
                                y que ningún hombre perturbe.

Entre jóvenes hombres hace tiempo…,
decían que era bien fuerte.
Una mujer entonces…
…pero olvidé… era…
espero que no vuelva.

…no recuerdo…

Creo que me hirió entonces, pero…
fue hace mucho.

No quiero recordar más cosas.

Gusto la pequeña banda de vientos
que aquí sopla en los fresnos:
porque estamos muy solos
entre los fresnos.

 

Ezra Pound, Personae (primeros poemas), 1908-1910.

 

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