Sunday, July 30, 2006

Es una cuestion de tamaño

Decidimos crear algo que el agua no pudiese ultrajar,
un edificio que no tuviese grietas por donde filtrarse
y que ni piedra tuviese.

No fue por un robo a los cielos que decidimos crear los símbolos
sino porque el desierto era demasiado grande.
¿Quién podría manipular la tumba de Mausolo de Halicarnaso?
¿Quién oponer con su dedo el templo que Eróstrato abrasó con el fuego?
¿Quién esconder en su puño la fortaleza Chichén Itzá de Yucatán?

De las enormidades no hay que hacerse cargo.

 

José Odjigh

 

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Thursday, July 27, 2006

Reparación del muro

Hay algo que no siente amor por un muro,
que envía la hinchazón del suelo helado abajo
y desparrama las piedras de arriba al sol,
dejando huecos por los que hasta dos pueden pasar de frente.
El trabajo de cazadores es otra cosa:
he llegado después de ellos para arreglar los desperfectos
donde no han dejado piedra sobre piedra
porque querían que el conejo saliera de su escondite
a fin de complacer la excitada jauría. Hablo de los huecos
que nadie les vio ni les oyó hacer
pero que al llegar el tiempo de los arreglos, en primavera, ahí hallamos.
Se lo hago saber al vecino que tengo más allá de la colina;
y en un día convenido nos reunimos para recorrer el límite
y levantar, una vez más, el muro que nos separa.
Cada uno se mantiene de su lado del muro mientras avanzamos:
A cada uno las piedras que le han caído a cada uno.
Y unas son cuadradas y otras se parecen tanto a bolas
que hemos de usar un conjunto para que se estén en equilibrio:
“¡Quédate donde estás hasta que volvamos las espaldas!”
Los dedos se nos ponen ásperos, de tanto tocarlas.
¡Oh! Sólo es otra clase de juego al aire libre,
uno a cada lado. Es poco más que esto:
ahí donde está no nos hace falta el muro:
lo de él es todo pinos y lo mío, manzanos.
Le digo que mis manzanas no se van a cruzar
para engullir las piñas que hay bajo sus pinos.
Él sólo me dice: “Los buenos cercos hacen buenos vecinos”.
La Primavera es el diablo que anda en mí, y me pregunto
si podría meterle una idea en la cabeza:
“¿Por qué es que hacen buenos vecinos? ¿No es eso
donde hay vacas? Pero, aquí no las hay.
Antes de levantar un muro me gustaría saber
qué es lo que dejo de un lado y qué, lo que queda al otro,
y a quién podría ser que le causara daño.
Hay algo que no siente amor por un muro,
que quiere que caiga. Yo podría hablarle de duendes,
pero no se trata de eso, precisamente, y me gustaría más
que fuera él quien, por su parte, lo dijera. Lo veo ahí,
trayendo firmemente, agarradas de arriba, un par de piedras,
una en cada mano, como un salvaje armado de la Edad de Piedra.
Se mueve entre sombras, eso me parece,
no sólo del bosque, a la sombra de árboles.
No quiere darle vueltas al refrán de su padre.
Y prefiere, tras juzgarlo tan bueno,
decirme de nuevo: “Los buenos cercos hacen buenos vecinos”.

 Robert Frost, North of Boston, 1915.

 versión en idioma original: http://www.writing.upenn.edu/~afilreis/88/frost-mending.html

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Monday, July 24, 2006

“Dompna pois de me no’us cal”

Del provenzal  de  En Bertrans de Born

Señora, como nada os preocupo,
y como me habéis apartado de vos
sin ningún motivo,
no sé adónde dirigirme,
pues ciertamente,
nunca volveré a recoger
tan rico gozo, y si ya nunca encuentro
a una dama cuyo aspecto le hable
a mi deseo como el vuestro, vos a quien he perdido,
yo no tendré otro amor a ningún precio.

Y pues no puedo encontrar otra de vos pareja,
ninguna tan hermosa, ni de tal corazón,
tan viva y vehemente,
ni con tal arte
en el vestir, ni tan alegre,
ni dotada de tal liberalidad ni tan veraz,
iré buscando por ahí,
escogiendo de cada una un rasgo hermoso
para hacerme una dama ideal
hasta que vuelva a encontraros dispuesta.

Bella Cambelins, el color lo tomaré de vos,
pues es tan sólo vuestro, y vuestra mirada
en donde está el amor,
y aquí hago una cosa arrogante,
pues, en cuanto al color y la mirada,
nada echaré de menos
al poseer los vuestros.
A Midons Aelis (de Montfort)
le pido su manera de hablar, directa y espontánea,
para que a mi fantasma no le falte artificio.

A la Vizcondesa de Chalais, le pediría
que me otorgase sin tardanza
su cuello y sus dos manos,
para seguir mi camino
a Rochechouart,
con pie ligero hasta mi dama Anhes:
viendo que Isolda, la amada de Tristán, no tuvo nunca
guedejas con tal gracia, eres testigo,
aunque de eso ella tiene una gran fama.

De Audiart de Malemort,
pese a que de todo corazón
deseó mi mal,
yo tendría su forma
que tan graciosamente se entrelaza,
intachable porque su amor
no se rompe ni se desvía.
De Miels-de-ben demando
su cuerpo erguido y lozano,
es tan esbelta y joven
que sus ropas la minusvaloran.

Los blancos dientes de Faidita
pido, y la exquisita cortesía
con que ella nos acoge,
y las respuestas que despliega
en su hogar;
de Bels Mirals, el resto,
la alta estatura y la alegría,
cómo lograr que no acontezca,
ella lo sabe bien,
ni un cambio ni un desvío.

Ah, Bels Senher, Maent, finalmente
nada solicito de parte vuestra,
salvo que tengo tal deseo
de este fantasma
como lo tuve por vos, tal llamarada,
y, sin embargo,
antes que tener a otra en mis brazos,
prefiero estrecharos y besaros,
¡Ah, señora, por qué me apartasteis de vos
sabiendo que me teníais tan atrapado!

Ezra Pound, Personae, 1913-1915.

 

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Friday, July 21, 2006

Relato de la pequeña Allys

Ya no puedo caminar bien, porque estamos es un país ardiente, donde los hombres mentecatos de Marsella nos trajeron. Y al principio fuimos sacudidos sobre el mar en un día negro, en medio de los fuegos del cielo. Pero mi pequeño Eustaquio no sintió miedo porque no vio nada y yo le tenía las dos manos. Lo quiero mucho, y vine aquí a causa de él. Porque no sé a dónde vamos. Hace largo tiempo que partimos. Los otros nos hablaban de la ciudad de Jerusalén, que está al extremo del mar, y de Nuestro Señor que estará ahí para recibirnos. Y Eustaquio conocía bien a Nuestro Señor Jesús; pero no sabía lo que es Jerusalén, ni una ciudad, ni la mar. Huyó por obedecer a las voces y las escuchaba todas las noches. Las escuchaba en la noche a causa del silencio, porque no distingue la noche del día. Y me interrogaba acerca de estas voces, pero nada podía decirle. No sé nada, y tengo pena solamente a causa de Eustaquio. Caminamos cerca de Nicolás, y de Alain, y de Dionisio; pero ellos subieron a otro navío. y no todos los navíos estaban allí cuando apareció de nuevo el sol. ¡Ay! ¿Qué les pasará? Los encontraremos cuando lleguemos cerca de Nuestro Señor. Está muy lejos todavía. Se habla de un gran rey que nos hace venir, y que tiene en su poder la ciudad de Jerusalén. En esta comarca todo es blanco, las casas y los vestidos, y el rostro de las mujeres está cubierto con un velo. El pobre Eustaquio no puede ver esta blancura, pero le hablo de ella y se regocija. Porque dice que es la señal del fin. El Señor Jesús es blanco. La pequeña Allys está muy cansada; pero tiene a Eustaquio de la mano, para que no caiga, y no le queda tiempo de pensar en su fatiga. Descansaremos esta noche, y Allys dormirá, como de costumbre, cerca de Eustaquio, y si no nos han abandonado las voces, tratará de oírlas en la noche clara. Y tendrá de la mano a Eustaquio hasta el fin blanco del gran viaje, porque es necesario que ella le muestre al Señor. Y seguramente el Señor tendrá piedad de la paciencia de Eustaquio, y permitirá que Eustaquio lo vea. Y tal vez entonces Eustaquio verá a la pequeña Allys.

Marcel Schwob, La croisades des enfants, 1896.

Traducción de Rafael Cabrera.

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Monday, July 17, 2006

Plegaria por la vida de su dueña

De Propercio, Elegiae, Lib. III, 26.

Otórganos, Perséfone, tu clemencia, mantente firme,
y tú también, Plutón, no nos traigas ya más calamidades.
Tantos miles de bellezas han bajado al Averno,
dejad que alguna se quede arriba con nosotros.

Con vosotros está Iope, con vosotros Tiro, la de resplandeciente blancura,
con vosotros está Europa y la desvergonzada Pasifae,
y todas las bellezas de Troya y las de Acaya,
las de los reinos divididos, las de Tebas y del anciano Príamo;
y todas las doncellas de Roma, todas las que existieron,
han muerto, y la voracidad de vuestras llamas las consume.

Otórganos, Perséfone, tu clemencia, mantente firme,
y tú también, Plutón, no nos traigas ya más calamidades.
Tantos miles de bellezas han bajado al Averno,
dejad que alguna se quede arriba con nosotros.

Ezra Pound, Personae, 1908-1911.

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Friday, July 14, 2006

La ciudad de Choan

Los fenix están jugando en su terraza.
Los fenix se han ido, el río fluye soitario.
Flores y hierba
cubren la oscura senda
donde descansa la casa dinástica de los Go.
Los brillantes vestidos y los brillantes gorros de los Shin
son ahora la base de colinas antiguas.

Las Tres Montañas caen a tráves del cielo lejano,
la isla de la Garza Blanca
divide la corriente en dos.
Ahora las altas nubes han cubierto el sol
y yo no puedo ver Choan a lo lejos
y estoy triste.

Rihaku

Ezra Pound, Cathay, 1915.

traducción de Jesús Munárriz y Jenaro Talens.

 

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Wednesday, July 12, 2006

Instantes (apócrifo)

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

Don Herold

traducción de Jorge Luis Borges

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Tuesday, July 11, 2006

Hay unos sauces quietos

Hay unos sauces  quietos
como yo,
desde hace horas.

Pero las hojas de un olmo
-como por un hilo
unidas al olmo
y, sin embargo,
toda la luz del olmo-
se conmueven y brillan
en cuanto sopla el aire.

Sin tocar con sus hojas
ni molestar a nadie,
un único olmo se estremece y baila
por el hombre y los sauces,
quietos desde hace horas.

Héctor Viel Temperley, Humanae Vitae Mia, 1969

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