Thursday, August 17, 2006

Yo adoro

Yo adoro una mujer de aire.
La sentíamos bastante como el aire,
brillante o secreta esencia, ah, de lo que nos tocaba;
alma del tiempo, sí, más allá de las formas,
sin forma siempre como el aire?

Cuando la mujer de aire se va,
no, no me digáis que las flores son flores y que la luz es luz,
que la colina sube hacia la nubes y que la tarde baja hasta las aguas
y que el anochecer viene de espejos por las lejanas islas, por las islas…
Ni menos me digáis, oh, no me digáis, que la luna de julio se ha entibiado entre las ramas…

No, no me digáis nada, que cuando la mujer de aire se va
el aire, el aire?, es una asfixia oscura,
y hay manos, muchas manos, tendidas hacia nosotros desde otras sombras como raíces invertidas…

Pero verdad que la mujer de aire siempre vuelve?
—Siempre regresa, sí, pero no basta adorarla porque ella es la libertad.

Juan L. Ortiz, En el aura del sauce, El álamo y el viento, 1947.

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Saturday, May 27, 2006

El aguaribay florecido

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
En la sombra exhalada -¿de qué su dulce hálito?-
los vestidos ligeros, muy ligeros, con pintas.
   
Arde de abejas el aguaribay, arde.
  
Ríen los ojos, los labios, hacia las islas azules
a través de la cortina
de los racimos
pálidos.
  
Ríen los ojos, los labios. ¿Veis las muchachas o es
la tenue sombra ebria
y bordoneada
que se alucina de muselinas claras
y de otras flores vivas –extrañas flores vivas-
riendo, riendo, riendo hacia las islas?
      
Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.  
    

Arde de abejas el aguaribay, arde.

 

Juan L. Ortiz, La mano infinita, 1951.

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Thursday, May 25, 2006

Es otoño, muchachos…

Es Otoño, muchachos. Salid a caminar.
Otoño en su momento inicial, más hermoso.
No os engañará este azul casi alegre?
¿Alegre?
¿La profundidad tiene alguna vez alegría?

¿No os engañará este verde joyante por momentos?
¿ O esta invitación alada de la tarde ?
No, una honda presencia deshace las azules sombras
y apaga la alegría del campo
—un luminoso, puro sueño que tiembla—

¿Cómo, y la tarde no se corona de flores
como de un fuego quieto de ángeles guardianes?

Ya está el viento, muchachos, el viento del otoño, del otoño,
violento o suave casi como un suspiro,
una enfermiza alma
de qué oscuros reinos?
que revela en las cosas
un herido pensamiento
de sorprendidas criaturas.

El viento,
niño fúnebre que juega con las últimas ilusiones del cielo
hasta darle una aguda limpieza de extraña agua final.

El viento, muchachos, el viento infinito.

Juan L. Ortiz, el alba sube, 1933-1936.

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